LAS SOCIOLOGÍAS Y LA LIBERACIÓN VASCA


      4.----------------- LA TERCERA FASE Y LA TERCERA CRISIS.

      La crisis del capitalismo imperialista que forzó como inútil solución la guerra mundial de 1914-18, que se agravó posteriormente con la debacle financiero-económica de 1929 y que culminó en los preparativos de la que sería pavorosa guerra mundial de 1939-45, esta crisis explica el fracaso de la segunda fase de la sociología burguesa y el nacimiento de su tercera. Desde luego que existieron otras escuelas sociológicas que durante esos años intentaron explicar qué estaba sucediendo y por qué, sobre todo la Escuela de Frankfurt desde perspectivas marxistas, y desde posiciones burguesas diferentes el Círculo de Viena, la fenomenología, la escuela de los Webb en Gran Bretaña, entre los más importantes, pero la solución al agotamiento vino de EEUU, aunque tras integrar el grueso de la teoría durkheimiana y paretiana, y en menor medida la weberiana. Del mismo modo en que la primera fase del pensamiento social burgués fue resuelta en el Estado francés con Comte porque era allí donde las contradicciones eran más agudas, e igualmente en que la segunda se abrió con las aportaciones alemanas e italianas, porque ambos Estados también sufrieron problemas estructurales, ahora, la tercera fase tomaba impulso de nuevo allí en donde el capitalismo expansivo chocaba con mayores urgencia, o sea en los EEUU.

      Fue Sorokin (1889-1968), ministro del menchevique Karensky, detenido por los bolcheviques por su reaccionarismo y exiliado en EEUU tras ser puesto en libertad por decisión directa de Lenin, quien dotó de coherencia teórica al grueso de la sociología yanki. Sorokin fue recibido con los brazos abiertos por la intelectualidad oficial yanki, que le puso al mando de la cátedra de sociología de la universidad de Minnesota y más tarde, en 1930, de la de Harvard desde donde el contrarrevolucionario procedió al invertir de cabeza a los pies el materialismo histórico, colocando como fuerzas rectoras de la historia humana no la dialéctica entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción, dialéctica que se materializa en y mediante la lucha de clases, sino la tesis idealista del evolucionismo cíclico de las culturas e ideas, dentro de una tesis organicista que se remonta a Santo Tomás de Aquino y que no desmerecía nada de la filosofía de Pareto. La deriva idealista de Sorokin culminó en 1946 al fundar el esperpéntico "Centro de Altruísmo Creador", destinado a demostrar científicamente la importancia del "amor" en la evolución humana y, lógicamente, a impulsarlo. La influencia de Sorokin fue decisiva en la sociología norteamericana al insistir en la necesidad de encuadrar teóricamente la masa de datos estadísticos, listados, encuestas y estudios de todas clases. Sorokin denominó "quantofrenia" a la obsesión por los datos fríos, huérfanos de vertebración teórica. También insistió en dos cuestiones muy importantes para la burguesía, como son, una, la tesis de la movilidad social vertical e interclasista y, otra, la tesis de la autonomía institucional de la ciencia.

      De todos sus discípulos, sobresale Parsons (1902-1979) que durante cuarenta años, desde su primera obra importante en 1937 "La estructura de la acción social", comenzó a ser la vaca sagrada de la sociología yanki, la hegemónica dentro de la sociología burguesa mundial. Parsons no renegó de Sorokin ni de sus bases paretianas, sino que las amplió recurriendo a Durkheim y a Weber, y más tarde al segundo Freud. Así condimentó una sopa ecléctica que terminó denominando estructural-funcionalismo, heredera del organicismo originario y esencialmente unida al funcionalismo avanzado por Durkheim. Sus recursos a Weber, a Freud y hasta al sistemismo biologicista, respondían a la facilidad con la que su eclecticismo le permitía utilizar diversos autores para parchear los boquetes de agua que en su nave teórica abrían las críticas de otros sociólogos más progresista, en especial los que denunciaban su abandono de la objetividad del conflicto social como Dahrendorf en 1959, o las críticas más generales contra la burocratización elitista y conservadora de la sociología yanki por Mills tres años antes, en 1956, o el claro agotamiento de su modelo por su incapacidad de explicar la sociedad capitalista como una totalidad concreta en movimiento contradictorio.

      Parsons no podía hacerlo en realidad, porque su visión de la economía era estricta y pobremente marginalista, copiada casi literalmente de las ideas de A.Marshall (1842-1924). Al final de su vida, Parsons era tan consciente del fracaso de su sociología que se lanzó sin paracaídas teórico al vacío intelectual proponiendo la tesis idealista transcendental y neokantiana del llamado "sistema télico" o mundo "metaanalítico y transcendental" que desde el exterior ilumina la existencia humana.

      En síntesis, la corriente funcionalista en sociología, que adquirió tantas variantes, corrientes y añadidos como autores con ganas de fama y necesidad de ascender en la selva corporativista, se caracteriza por llevar al extremo el originario proyecto integrador de Comte y de Durkheim mediante propuestas reformistas al Estado y a los poderes extraestatales afectados. El funcionalismo sostiene, en resumen, que la sociedad funciona como un todo en el que cada una de sus partes sólo se explica y se mueve dentro del orden general establecido, respondiendo al fin que la totalidad superior determina. De este modo, las partes pueden incluso funcionar con algunas contradicciones y problemas de ritmo y hasta de orientación autónoma pero, a la larga, tarde o temprano, se impondrá indefectiblemente el orden establecido e inherente. Si por lo que fuera, ese orden tarda en llegar, o no llega, entonces nos encontramos ante un fenómeno de anomia, ante una disfunción que debe ser tratada y corregida por los métodos convenientes hasta restaurar el equilibrio general del sistema. Los métodos para restaurar el equilibrio general varían según las preferencias de los sociólogos funcionalistas, pero la identidad de fondo permanece inalterable: se trata de mantener el orden.

      Durante finales de los treinta y finales de los setenta, en esos cuarenta años de dominación yanki incontestada en medio mundo, el funcionalismo como teoría general abarcadora de múltiples variantes, rindió inestimables servicios a la burguesía yanki y al capitalismo en general. Primero frente al totalitarismo nazi, pero fundamentalmente después contra el "peligro comunista" en general, el funcionalismo fue uno de los armazones teóricos decisivos del imperialismo. En la Europa capitalista destrozada por la guerra, en los regímenes dictatoriales burgueses, en los países colonizados o dominados por el imperialismo, en centros políticos, universidades y focos intelectuales, en su prensa, en todas partes, la dominación teórica de la sociología funcionalista fue abrumadora. Ello no quiere decir que no existieran otras sociologías no funcionalistas, e incluso progresistas. Sí las hubo. Pero fueron minoritarias y no tuvieron ni remotamente las ayudas institucionales y la influencia práctica del funcionalismo.

      Dentro del funcionalismo hubo, a grandes rasgos, dos bloques alternativos que presentaron algunas propuestas de su mejora y adaptación ante los cambios que se aceleraban desde comienzos de los años sesenta del siglo XX. En primer lugar, la vertiente conflictivista representada por Dahrendorf, Rex, Touraine y otros autores, planteó desde mediados de los cincuenta que los conflictos, abandonados en general por la sociología burguesa desde los años veinte, debían ser integrados en la tesis funcionalista dado que su existencia y resolucíón servía para mejorar la capacidad integradora de la sociedad, o cuando menos, en el peor de los casos, para alertarle de sus problemas más agudos: son como una especie de alarma roja que debe ser atendida y resuelta. Surgió en esa época porque el movimiento obrero se había repuesto ya de la represión antisindical y anticomunista en EEUU y muchas partes de Europa occidental y comenzaba a plantear nuevas reivindicaciones.

      En segundo lugar, aproximadamente una década más tarde, surgió el individualismo que se centraba en los comportamientos de los sujetos para responder o adecuarse en su vida cotidiana. Surgió en esa época porque ya se había desarrollado el capitalismo de consumo de masas y surgieron nuevos problemas de comportamiento social. Sociólogos como Homans, claramente reaccionario y antimarxista, Garfinkel y Blumer, entre otros, insistieron en que era en el comportamiento individual en donde se decidían las cuestiones básicas de la sociedad. El funcionalismo debía comprender que la individualisdad era la que decidía en los momentos claves, en las compras, en las elecciones políticas, en los trabajos, en la casa, en todo, de modo que conocer bien esas situaciones mejoraría mucho la teoría general funcionalista.

      La crisis que estalló a finales de los años sesenta no era una crisis cíclica de corta duración, sino una crisis estructural y global, que afectaba a la totalidad del Modo de Producción Capitalista. Ahora se admite que era el final de una larga fase histórica y el comienzo de otra fase en la historia capitalista. La sociología burguesa, que no se había olido nada de nada de lo que se avecinaba, fue cogida por sorpresa. El funcionalismo cayó en picado en una década porque su entero edificio conceptual, ideado por y para la fase expansiva anterior, no podía explicar qué sucedía, por qué y hacia dónde se dirigía la crisis que azotaba a la totalidad del sistema. Pero una de las características de esta crisis era que ahora no existía una propuesta sociológica capaz de emerger casi inmediatamente como la solución definitiva al desastre funcionalista. Sí hay sociólogos burgueses que en su soberbia -Luhmann- han afirmado ser los salvadores de la teoría, pero lo veremos después.

      5.- SITUACIÓN ACTUAL.

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